Pronto fallo a la idea original de este blog: contar noticias sobre Guadalajara. Por desgracia, a veces el ser humano no está a la altura de sus honorables intenciones. En esos casos al mundo le toca joderse y esperar a que las fuerzas vuelvan a brotar de la esperanza o la ilusión, dos adjetivos que últimamente me suenan demasiado ajenos. Por cierto, si todo esto le parece depresivo imagine como debe quedarse uno al sentirse así, aunque probablemente ya lo sepa. “Tengo mis propios problemas capullo, ahí te quedas”. Nada que objetar si eso es lo que está pensando. En confianza, es lo mismo que se me pasaría a mí por la cabeza.
El caso es que resulta desconsolador tener problemas y no saber cómo empezar a contarlos. En ese sentido esto es una buena terapia. No habrá muchos ojos indiscretos que lo lean, así que no me siento demasiado capullo, y los íntimos que le echen un vistazo ya saben como soy, por lo que tampoco habrá muchas sorpresas por ese lado… Aunque no puedo evitar sentirme excesivamente egocéntrico.
Usted (entrañable persona que por algún morboso motivo ha seguido leyendo hasta aquí), ¿cuándo fue la última vez que se sintió tan vencido como para pensar que nada valía la pena? Mientras espero la improbable respuesta continuaré lamentando mi suerte y tratando de explicar el porqué de este post, si es que esto que ando escribiendo se llama así. Hoy, la culpa de todo la tiene un animal muerto.
Todos los días, mientras voy en el coche, me cruzo un animalito aplastado por las ruedas de un vehículo, camión supongo. La cuestión es que no sé de qué especie se trata. Su final ha sido tan brusco y salvaje que ni siquiera podría segurar si es un perro, un gato o una rata gigante. Hombre, está claro que un rinoceronte no es, pero eso tampoco debe ser muy consolador para él. Pues bien, allí está el bicho, espachurrado. Inhumano ¿verdad? Esto que les cuento es pura y dura información. Es triste, tiene un punto de injusticia y, sobre todo, es tremendamente desagradable. Alguien debería hacer algo como, por ejemplo, quitarlo de ahí. Algún concienciado ciudadano amante de los animales o las carreteras limpias que leyese esto debería retirar el cadáver del lugar en el que se encuentra (sí, ya sé que no he puesto donde está). ¿Y que solucionaría eso? Poco tirando a nada. Puede que a mí no se me revolviese el estómago al ir a trabajar, pero para el fallecido la putada seguiría siendo de lo más grande. Para colmo, es probable que le echasen a la basura, que ni siquiera le sepultaran bajo tierra y con los honores que se le deben rendir a todo animal irreconociblemente muerto, si es que esta expresión existe (si no es así, alguien debería inventarla).
No es un gran simil, vale, pero es cierto. Ahora sólo hay que aplicarlo al mundo real. La información puede provocar una acción en personas determinadasy sensibilizadas con el tema expuesto. Sin embargo, lo habitual es que ese gesto bien intencionado haga poco más que lavarle la cara a una sociedad que se merece estar sucia. ¿Qué es lo que falta? Me atrevería a decir que el alma, aunque tambien acepto símiles menos sonrojantes. ¿Y qué implicaría actuar con alma? Pues no lo sé, y es exactamente eso lo que me deprime, ser incapaz de encontrar el camino a seguir. Hay buenos samaritanos sueltos por el mundo, pero desconfio de su capacidad para sentir lo que están haciendo. No me creo que mientras cenan, dos días después de retirar al animal de la carretera, de repente vayan a dejar de comer para preguntarse “¿Qué cojones podríamos haber hecho para evitar que el puto gato, perro o rata gigante cruzase la carretera?” Poner vallas (y más caminos sin salida, más opciones reducidas), recoger a todos los bichitos y cuidarlos para que no les pasase nada (y a ver quien era el guapo que se quedaba con las ratas gigantes), concienciar a las personas para que frenasen al ver un perrogatorrata en la carretera (y que el estupido de turno te empotre por detrás).
Estoy convencido de que alguien tiene la respuesta para este caso. Siempre hay alguien que la tiene y que nos dice qué debemos hacer. Alguien que nos ordena actuar, otra vez sin alma. Alguien que le corta las alas a nuestra conciencia, que surge de la nada para decirnos que todo se solucionará si le hacemos caso. Alguien que impide que nos sintamos desesperadamente abandonados para invitarnos a formar parte de un colectivo pragmático y sin sentimientos (¿aún sigues leyendo esta patochada?).
Yo quiero sentir por mi mismo, pensar hasta que descubra las respuestas correctas. Saber lo que se siente al actuar bajo los efectos de una utopía, tener valor para hacerlo. Quiero que alguien me explique, sin órdenes ni sentencias, cuál es la auténtica diferencia entre bondad y maldad. Que coño, quiero saber si existe tal diferencia. Quiero acometer una empresa, como dirían los libros de caballería, motivada por los más nobles sentimientos. Quiero ver tus ojos brillando cada noche al acostarme y tus pupilas cerradas al despertar (perdón, eso es de otro post, otro blog y otra vida). Y lo que es más importante todavía, no quiero ser nunca un animal espachurrado en medio de la carretera e irreconocible que alguien arroja a la basura para que no se le revuelva el estómago al resto del mundo. Quiero que mi cadáver os impida probar bocado, cabrones.
Es curioso, funciona esto de escribir para sentirse mejor. Espero probarlo más a menudo. Hasta entonces os dejo con el agradable sabor de la derrota bien digerida. Espero que pueda seguir planteando preguntas hasta que aprenda a razonar las respuestas.
Deje ya de leer, ha demostrado que puede tragarse cualquier cosa.

1 Comentario
Feed de los comentarios de este artículo
enero 10, 2007 a 12:49 pm
elheraclit0
Lo cierto es que realmente somos animales abandonados y cuando nos atropellan simplemente nos tiran a un contenedor para no revolver el estómago a nadie, la clave está en ignorar que somos animalitos a los que nadie importa y devenir cada día pensando que somos algo y que esto tiene algún sentido, creo que el único sentido es el uso y la manipulación que hacen “algunos”, de nuestras vidas sin sentido per-se.
Cuanto más sé, más asco me dá todo y más intolerante y absurdo me siento.